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Ética aplicada del abogado.

By 27 agosto, 2012 diciembre 16th, 2019 Sin comentarios
Saber acercarse a vidas anónimas, necesitadas del abogado como asesor o defensor, en un momento de crisis, y recoger los buenos frutos de dicha relación profesional, no meramente económica, es la mejor experiencia que servirá de impulso a nuevas metas, y un objetivo que pareciendo fácil, tiene la mayor dificultad, ya que trata con materia harto difícil, la de la condición humana. Así, el abogado debe saber acercarse al problema del cliente, con el distanciamiento necesario y respeto al mismo, guardando las formas ante el contrario, la autoridad judicial o administrativa, y, para ello, encontrará como mejor apoyo el de unas normas profesionales o de Deontología, de necesaria observancia,  impregnadas por la ética aplicada a la profesión.
Partir del conocimiento del Derecho, estableciendo las líneas del procedimiento a seguir, y definiendo la litigiosidad, como algo inevitable, o la negociación, cuando el asunto y nuestro cliente nos concedan dicha posibilidad, deben tener su apoyo en lo que se espera de nosotros como abogados, bien definido en nuestras normas deontológicas, e impregnadas de una ética profesional. Así, la profesión de abogado no es ajena a los tiempos de escasez o crisis económica, superando una pretérita mayor capacidad negociadora, al haber desaparecido el dinero como argumento a la hora de poder negociar o transar un asunto.
La rigidez es la peor de las armas de defensa, encontrando su máximo exponente en designaciones del turno de oficio que he tenido estos dos últimos años, en procedimientos con un contenido económico, tales como hipotecarios, reclamaciones de cantidad, impago de pensiones, etc…. Sin embargo, en estos asuntos, no perdió sentido mi actuación como abogado, pudiendo siempre aportar el necesario análisis que me llevaron a ejercer el derecho de defensa. El mayor beneficio social del abogado en este tipo de procedimientos, es el propio ejercicio de la defensa, lo que eleva la visión desde un asunto particular al de una sociedad en el que no hay una merma en los derechos y garantías del individuo.
Un Código Profesional Deontológico lleva a una Ética aplicada al ejercicio de la abogacía, apuntando el acertado Decálogo de nuestra profesión de don Ángel Ossorio y Gallardo (1873-1946), que fuera Decano del Ilustre Colegio de Abogados de Madrid, entre los años 1930 a 1933.
I.                   No pases por encima de un estado de tu conciencia.
II.                No aceptes una convicción que no tengas.
III.             No te rindas ante la popularidad ni adules la tiranía.
IV.            Piensa siempre que tú eres para el cliente y no el cliente para ti.
V.               No procures en los tribunales ser más que los magistrados, pero no consientas ser menos.
VI.            Ten fe en la razón que es lo que en general prevalece.
VII.         Pon moral por encima de las leyes.
VIII.      Aprecia como el mejor de los textos el sentido común.
IX.            Procura la paz como el mayor de los triunfos.
X.               Busca siempre la justicia por el camino de la sinceridad y sin otras armas que las de tu saber.
Como abogado, he aprendido que la Verdad es un todo, no tiene fisuras, no es algo relativo, y pudiendo desarrollar un asunto con un gran número de sentencias desfavorables, pero con este pilar, se puede cambiar la interpretación de una norma, en el que se parte de un razonamiento de interpretación de una norma, que siendo novedoso, no deja de ser correcto. En este sentido, me acuerdo de los ánimos que nos dirigía la titular del Juzgado de Violencia contra la Mujer número Dos de Murcia a un grupo de abogados que asistimos a una ponencia sobre Violencia de Género, ensalzando cualquier argumentación de un abogado en un asunto judicial, y la capacidad de cambiar las resoluciones judiciales desde una jurisprudencia menor que irá encontrando otras nuevas. A los pocos meses, surgieron sentencias de la Audiencia Provincial de Murcia, que interpretaron de forma más amplia el concepto de violencia de género (maltrato contra la mujer), y, pudiendo aplicar estos argumentos como vías de defensa en asuntos que llegan al despacho.
Una de las frases que mejor define nuestra profesión de abogado, se la pude escuchar, en la apertura de un Curso, al actual Decano del Ilustre Colegio de Abogados de Murcia: “Los abogados vivimos en el conflicto, pero también  del conflicto.” Y, siendo ello muy cierto, debemos estar preparados.

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